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Este sábado nació una leyenda. En medio de 44.174 pares de ojos encharcados, Víctor Hugo Aristizábal Posada dejó de ser el goleador y comenzó a ser el mito.
Cruzó la línea de cal, la que pisó por primera vez en 1990, la que lo convirtió en una figura de cuentos y mitos, de esos que despiertan amores y odios, insultos y agradecimientos, alegrías y tristezas. Lágrimas de todos los tipos. Lágrimas que el mismo Aristi derramó...
Sobre la cancha, 22 futbolistas llenos de recuerdos, de nostalgias, de buenos momentos. Unos con una camiseta verde, de fondo entero. Otros, como Aristi, con la verde y blanca de rayas delgaditas, con la que sus compañeros más veteranos lograron la Copa Libertadores, con la que debutó ante el Pereira. Todos con el 9, el número del goleador. Un homenaje que parece corto para 348 alegrías vividas en la tribuna, y que anoche dijeron adiós. Era imposible ir a la cancha sin dejar en casa la nostalgia. Era imposible no recordar a ese joven de cabello crespo, de bigote que parecía subrayar su tan peculiar nariz. Ese goleador que jugaba con el 15, un número prestado para el hombre que siempre debió usar la 9. Mientras pisaba la cancha del Atanasio, lento, sin mucho esfuerzo, con parsimonia, en la tribuna se le cantaba a ese goleador de la chilena ante América, del escorpión ante Chile, de uno que otro gol de taquito, de muchas tardes de alegría. "Ohhhh, goleador, goleador, goleador, Aristi goleador...". Recorrió la cancha, de cortos y con las medias altas por última vez. Esa misma que lo vio como un puberto saltando contra el Deportivo Pereira y que casi un centenar de veces lo vio celebrar. Cuatro tribunas, como el más afinado de los grupos, entonaba palabras de agradecimiento, devolvía noches de celebración con aplausos de gratitud. Esa fortaleza que mostraba a la hora de saltar al cabezazo, de buscar un balón con rivales gigantones, se vio superada por la entrada de uno que no supera el metro y medio. Emilio, su pequeño hijo, vestido con la verde y blanca que tantas veces besó en celebraciones, le arrebató la fortaleza al ídolo. Un par de pasos del pequeño de apenas tres años, con una camiseta que le quedaba volando, fueron suficientes para derribar al artillero. Lo que no pudo ni el mejor de los arqueros. En una carrera de diez metros, Emilio fue a hacerse uno con su "viejo", con su papá, con Aristi. "En 1989 llegué al mejor equipo del mundo. Quisiera mi cuerpo, mi alma, mi don de jugador y persona que le pasara todo a mi hijo y fuera el futuro goleador de Nacional. Fui a 70 países del mundo, conocí las mejores hinchadas, pero ninguna como ustedes. Gracias por todo, disculpen si alguna vez les causé tristeza, siempre quise ganar; nunca pero nunca, cuando perdí sentí un vacío en mi corazón. Nacional para mí es lo mejor de mundo", dijo el goleador, tratando de tragar ese nudo que no lo dejaba hablar, que se convertía en lágrimas cada vez que veía la tribuna, a sus amigos, a sus hijos. En la cancha, en su partido de homenaje, parecía que el reloj se hubiera detenido, aunque no los tenedores. El toque del Pibe, las corridas de Aguinaga, la magia de Francescoli, la potencia de Valenciano, el show de René con escorpión incorporado como en Inglaterra, el juego bonito del Chonto, Alexis, Chicho, Juan Pablo, el Coroncoro, Diego Osorio… Para el goleador, un partido como si siguiera en el plantel. Jueguito rápido, filigrana, toque, alegría, empujoncito, habladita… un crack hasta para dárselas de canchero. Y, por qué no, otro "uhhhh" para la tribuna por un penalti errado. Y es que una fiesta de estas no merecía un brindis con guarapo, tenía que ser con trago fino, con un gol bonito. Pero la ley no falla, y despedida sin gol del homenajeado sería como el adiós sin lágrimas. Solo fueron necesarios 29 minutos para que el Atanasio rugiera el nombre de la leyenda. Y el abrazo con sus viejos compañeros de equipo y con el integrante más joven de su próximo "conjunto" llamado familia, su hijo Emilio. De rodillas en el campo, la grandeza de un jugador derrumbado ante el amor de un pequeño. Del gol sobra los comentarios. Fue gol, otro, pero nunca uno más. Más tarde, una inspiración de esas que nunca se acaba pese a que lleguen los años, las canas y las lesiones. Una chilena para mandar el balón y su corazón a la red. "Viiiiiiiiicctor Aristizaaaabal… Esta hinchada, cada vez te quiere más". Un grito de agradecimiento de la tribuna por esta y las otras noches de felicidad que dio el 9. Con los brazos arriba, como celebró más de 300 veces, Aristi le dijo adiós al fútbol. Su despedida, un momento que no será posible olvidar, quedará grabada, así como el sentimiento y las palabras entrecortadas en la voz del goleador: "... Al Señor le diré, gracias por haberme permitido nacer en Colombia; muchas gracias por haber nacido en Antioquia. Y Señor, demasiadas gracias por haberme permitido jugar en el verde". No, gracias a vos, leyenda. Tomado: El Colombiano
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